un cerro me persigue

Una conversación de Gris García con Laureano García

Una conversación de Gris García con Laureano García en Lolita Pank
Desde nuestra casa: el Cerro de la Silla al frente, el del Topo Chico detrás, la Sierra Madre a la derecha. Mi idea del paisaje se construyó entre esas montañas reales y las ficticias, pintadas por mi abuelo Laureano García, contador y paisajista, quien me enseñó a pintar. En 2014 hicimos nuestra primera exposición y creamos una pieza juntxs. Cada quien pintó  sobre la cáscara de un pistache la montaña que tenía más cerca: él pintó el Cerro de la Silla y yo el Tibidabo de Barcelona.
Desde entonces, él ha sido mi interlocutor. Ahora, dos años después de su muerte, decidí exhibir un primer ejercicio curatorial a partir su archivo pictórico compuesto por más de dos mil pinturas en miniatura sobre el paisaje de Monterrey: montañas pintadas en objetos aparentemente sin importancia que le sirvieron de soporte para trazar paisajes en su tiempo libre, durante sus jornadas laborales.
Para ello, realicé una selección de series enfocadas en el Cerro de la Silla, una constante en la mirada de mi abuelo. La primera serie son pinturas sobre tarjetas telefónicas Ladatel, como una tensión entre la materialidad de los objetos, compuestos de selenio y metal —materia que proviene del ejercicio de minar la tierra— y su presencia actual como tecnología fósil.  La segunda construye una narrativa a partir de la cuidadosa observación que Laureano García dedicó al Cerro de la Silla bajo distintas condiciones climatológicas; una especie de timelapse donde el horizonte no es lineal, sino que está determinado por el cambio de luces, texturas y colores de la montaña aludiendo al movimiento y su transformación geológica: un desplazamiento que, dicen, tiene la misma velocidad que el crecimiento de las uñas. Finalmente, una serie compuesta de bocetos y pinturas que mi abuelo dejó inconclusas. Ahí se pueden ver la montaña y los elementos que solían acompañarla en sus composiciones: casas, arbustos, pájaros o lunas. Elementos que, poco a poco, se desvanecen hasta dejar sola a la montaña: una latencia de su desaparición.
Siempre he creído que vivir en una ciudad rodeada de montañas determina nuestro sentido de orientación: los cerros como una brújula natural que dan referencia de dónde estás parada y hacia dónde vas. Mi vuelta a Monterrey para ordenar el archivo de mi abuelo —y pensar junto con él— vino acompañada de un nuevo paisaje. El presente lleno de humo, smog o qué sé yo, que nos impide ver con claridad las montañas. Los cerros heridos y mutilados por las compañías cementeras me hacen preguntarme: ¿será que las montañas que mi abuelo pintaba pronto serán sólo fantasmas?
La muestra cierra con aquel pistache. Una pintura que no sólo fue un ejercicio pictórico, sino que se ha convertido en una vía para entender mi metodología de trabajo en consonancia con la de él al ver cómo la pequeña escala y la conversación se han infiltrado en mi forma de entender a la curaduría. Ensayos curatoriales como éste me hacen pensar que curar es también dibujar, pintar o subir cerros. Esta muestra es un intento por continuar un diálogo a la distancia, un gesto que surge ante aquellos cerros que, ahora, a mí también me persiguen.

Una muestra en colaboración con Lolita Pank y Kosmos

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