un cerro nos persigue
Una conversación de Gris García con Laureano García
Una conversación entre Gris García y Laureano García
Los territorios cambian, los ecosistemas se degradan y, a veces, las montañas desaparecen a causa de la interacción humana. Estas últimas son los límites y una brújula que nos orienta en un territorio; en su cima se colocan cruces y altares donde peregrinamos para conectarnos con lo sutil, lo espiritual y con aquello que no vemos pero sentimos. A su vez, en lo alto de estos espacios se instalan antenas radiales o telefónicas capaces de transportar mensajes y entablar diálogos entre espacios distantes, más allá de la presencia física.
Gris aprendió a pintar con su abuelo Laureano, un contador al que le negaron ser artista y que vendía cuarzos. Laureano, sin embargo, decidió pintar diminutos paisajes como una forma de hacer pasar desapercibido aquel oficio. Plasmó diversas imágenes de los cerros de Monterrey –muchos guiados por su memoria– en objetos aparentemente insignificantes que los grandes pintores considerarían denostables: tarjetas telefónicas, cáscaras de pistaches, discos compactos, monedas y piedras. Gris entendió que lo “menor”, lo íntimo y lo doméstico son formas de hacer arte que, políticamente, se contraponen al exceso, lo grandilocuente y lo evidentemente público que rigen mayormente la historia del arte. También aprendió que la conversación –la cual acompañaba el tiempo en que Laureano le enseñaba a pintar– es una metodología de trabajo desde la cual se crean curadurías, piezas, programas públicos y textos.
Este diálogo nunca se detuvo. Laureano ya no está en este plano, pero lo escuchamos porque sigue cerca de la montaña como una antena que transforma frecuencias y transporta mensajes conectando dimensiones lejanas. Los cerros de sus paisajes –el de la Silla, el Topo Chico, la Sierra Madre– continúan, pero transformados en las pequeñas pinturas que Gris realiza, al igual que él, sobre tarjetas de teléfono que remiten a una escucha de aquello que no está físicamente, pero que igualmente se percibe. A través de estas pinturas, construyen un archivo que evidencia la transformación de un territorio a lo largo del tiempo causada por el desarrollo urbano y la extracción de diversas compañías. A ambos los persiguen los mismos cerros, aquellos que habitan una ciudad que tampoco puede escaparse de ellos.
En Un cerro nos persigue, las pinturas de Gris y Laureano despliegan un diálogo entre distintos tiempos, espacios y dimensiones. Muestra la cáscara de pistache que ambos pintaron en 2014, cada quien con la geografía que lo rodeaba; ella el Tibidabo en Barcelona y él el Cerro de la Silla en Monterrey. También incluye una serie de pinturas de Laureano sobre tarjetas telefónicas Ladatel, donde se observa a la montaña en una de sus caras y, por la otra, publicidad de infonavit, telecomunicación e internet de los años noventa, que evidencian la tensión entre diversas materialidades, al igual que los chips compuestos de selenio y metal provenientes de minar la tierra. Por otra parte, se exhibe una selección de pinturas que Laureano dejó inconclusas, donde el Cerro de la Silla aparece junto a casas, arbustos, pájaros o lunas que poco a poco se desvanecen hasta dejar sólo la montaña. Gris responde a estas imágenes con una pintura del mismo cerro que también se desvanece, pero esta vez tras una capa de polución. La exposición también despliega pinturas que, a modo de timelapse de un horizonte no lineal de la mañana a la noche, muestran la constante obsesión y la cuidadosa observación que Laureano dedicó al Cerro de la Silla bajo distintas condiciones climáticas que aluden al movimiento geológico; un desplazamiento que, dicen, tiene la misma velocidad que el crecimiento de las uñas.
Hoy Gris recorre el Cerro de la Silla de nuevo, se acerca, lo camina, busca huellas y cambia de perspectiva, una más cercana que abre otras reflexiones acerca del territorio para crear una nueva serie de pinturas. Observa las laderas del mutilado Topo Chico y los nuevos cerros que surgen de la planta de Zinc Nacional, conformados por desecho industrial enviado desde Estados Unidos con consecuencias devastadoras en este lado de la frontera. Escondidos detrás de una cortina tóxica de smog o mutilados a causa de las cementeras durante un siglo, los cerros que pintó Laureano comienzan a desvanecerse y Gris se pregunta: ¿será que las montañas que mi abuelo pintaba pronto serán sólo fantasmas?
Pamela Desjardins











Registro fotográfico por Berenice Jaramillo
